C
uando los primeros europeos llegaron a Canarias, debieron haberse quedado bastante sorprendidos al encontrar cerca de la costa africana y muy alejados del continente europeo a unos indígenas blancos, altos, bien proporcionados y en muchos casos rubios de ojos azules, viviendo todavía en la Edad de Piedra. El aspecto físico de los guanches y las diferencias que existen con los pobladores contemporáneos de la cercana costa de Africa, han ocasionado no pocas controversias acerca de su posible origen.
Algunos han sugerido que podrían ser descendientes de antiguos pueblos germánicos. Otros incluso han encontrado en este hecho una base suficiente para demostrar la existencia de un supuesto continente perdido. Sin embargo, las hipótesis más fiables por estar respaldadas por indicios de carácter científico, son las que sugieren el origen bereber de los guanches. Estos indicios están basados no solo en estudios antropológicos, sino también en la frecuencia de determinados grupos sanguíneos así como en la genética de las poblaciones de diferentes pueblos de Africa y su comparación con los respectivos datos encontrados en la población canaria.
Según los estudios basados en la comparación de los grupos sanguíneos (García Talavera y otros), existe una elevada proporción del grupo sanguíneo 0 (el que se supone mayoritario entre los guanches) en la población canaria actual). Lo mismo ocurre en el caso de los Tuareg del Ahaggar y los bereberes de Ait Haddidu del alto Atlas. Asimismo, el análisis del material genético de la población canaria actual (Cavalli-Sforza y otros), revela que existen también similitudes con los modernos bereberes norteafricanos. Por tanto, todos los indicios apuntan al origen africano de nuestros primitivos aborígenes. Una vez respondida la pregunta sobre el origen, las siguientes preguntas que debemos plantearnos son: ¿Cómo llegaron los guanches desde la costa Africana?. ¿Cómo es posible que llegaran no a una, sino a la mayor parte de las islas?.
Una respuesta que puede parecer evidente sería la de atribuirles a los guanches los conocimientos necesarios para fabricar y tripular embarcaciones, de tal forma que llegarían navegando con sus propias naves desde Africa. Pero hay dos argumentos en contra de esta posible explicación. El primero es que no se ha encontrado ninguna prueba de que los guanches poseyeran la capacidad de navegar. No sólo no han aparecido restos de embarcaciones entre los yacimientos arqueológicos, sino que, según constataron los primeros cronistas europeos, los primitivos aborígenes carecían de cualquier artilugio que les sirviera para adentrarse en el mar. Podría argumentarse que los primeros guanches pudiesen haber poseído estos conocimientos, pero fueron posteriormente "olvidados" a través de las sucesivas generaciones. Sin embargo, para cruzar los más de 100 Km que separan a Canarias de las costas africanas hacen falta embarcaciones muy robustas. Una travesía como esta podría haberse prolongado muchos días, con lo que deberían llevar consigo también un peso importante en provisiones. Y no solo debían transportar un número importante de personas para asegurar la colonización de las islas, sino que además tendrían que haber venido con sus animales domésticos. A todo ello se le sumaría la dificultad de tener que luchar contra las corrientes que existirían entre las islas y la costa africana.
Para que un pueblo llegue a dominar la navegación de una forma tan eficaz hacen falta muchas generaciones. ¿Cómo es posible que los guanches hayan olvidado algo que les costó tanto aprender?. ¿Porqué lo olvidaron los pueblos guanches de todas las islas y no los de una sola?. Supongamos que efectivamente los primeros inmigrantes que llegaron a Canarias tenían unas sólidas embarcaciones (en este caso las actuales pateras les deberían haber parecido unos cómodos trasatlánticos).¿Cómo sabían que echándose al mar y navegando en dirección al oeste llegarían a Canarias?. No disponían de mapas de navegación y por supuesto tampoco de brújulas. Ni siquiera sabían que podían encontrar tierra. La probabilidad de que una barca salga desde un punto cualquiera de la costa africana elegido al azar y llegue a Canarias es ínfima, por no decir nula.
Los actuales inmigrantes, que vienen con motores fuera borda y conocen perfectamente su destino así como el punto de donde deben partir en Africa, a veces terminan extraviándose. Para los primitivos colonizadores, una travesía de estas características sería un suicidio con garantía. Así pues, debido a estos argumentos en contra, es altamente improbable que los guanches llegaran a través del mar por sus propios medios. Supongamos, sin embargo, que alguna civilización que poseyera la capacidad de atravesar grandes distancias marinas pudiese haber transportado a los guanches desde Africa. ¿Qué tripulación habría puesto en riesgo sus vidas para realizar tal empresa?. Es difícil imaginar a los antiguos pueblos vikingos, fenicios o cartagineses haciendo el papel de buenos samaritanos transportando a los bereberes hasta unas islas lejanas. También parece improbable que los primitivos guanches hayan llegado a bordo de las embarcaciones de otros pueblos más avanzados ¿Luego, si no vinieron por mar en sus propias embarcaciones ni tampoco a bordo de las naves de otros pueblos, como llegaron?
Una expedición del año 1341 nos han llegado algunos detalles algo más precisos: dos naves, fletadas por el rey de Portugal y con tripulación florentina, genovesa y española, alcanzaron las islas en el mes de julio del citado año bajo el mando del genovés Niccoloso da Recco y del florentino Angiolino del Teggihia de Corbizzi; permanecieron allí durante cinco meses y, a su regreso a Lisboa, traían tantas cosas interesantes que nada menos que el propio Boccaccio tomó la pluma para escribir un retrato de los guanches, basándose en los datos que, por carta, le había dado da Recco. Según nos dice Boccaccio, las islas Canarias "eran unas tierras rocosas sin ninguna clase de cultivo, pero ricas en cabras y otros animales y llenas de hombres y mujeres desnudos, que por sus costumbres se parecían a los salvajes algunos de ellos parecían gobernar a los demás y se vestían con pieles de cabras, teñidas con azafrán y tintes rojos. Desde lejos, estas pieles parecían muy finas y delicadas y estaban cosidas cuidadosamente con hilos de tripas de animal. Por lo que se desprende de sus ademanes, estos salvajes tienen un soberano, al que muestran gran respeto y obediencia. Su lenguaje es muy suave, su modo de hablar animado y precipitado como el italiano. Cuatro de ellos fueron retenidos a bordo; éstos son los que llegaron a Lisboa".
Boccaccio planteó ya el problema que había de ocupar más tarde a todos cuantos estudiaron a los guanches, es decir, ¿cómo es posible que allí, en las islas Canarias, hubiera, al lado de los trogloditas, unas gentes de cultura evidentemente superior, que "vivían en casitas con jardines con muchas higueras y palmeras, y berzas y otras verduras"? Pero estos guanches más civilizados de las islas orientales también iban desnudos, salvo un pequeño taparrabos. En cambio, cultivaban el trigo y el mijo, vivían en ciudades y poblados, tenían reyes, sacerdotes y una casta noble, adoraban una divinidad femenina y embalsamaban ceremoniosamente a sus muertos. Ambos grupos, los trogloditas salvajes y los agricultores civilizados, eran rubios, de ojos azules, y de estatura muy alta, como los individuos de más pura raza germánica. En los años que siguieron, las islas Canarias fueron el lugar predilecto donde los navegantes de las distintas naciones fueron a cazar esclavos: se cazaba a los desgraciados rubios desnudos y se les vendía a los mercaderes y grandes señores del norte de Africa que los querían comprar.
Eso duró hasta que, en 1402, el noble normando Bethencourt concibió la humanitaria idea de colonizar las islas Canarias con emigrantes franceses y domesticar a los guanches, vestirlos y convertirles al cristianismo. Lo logró, en efecto -aunque teniendo que emplear algunas medidas radicales- con los habitantes de la isla de Lanzarote. Pero los guanches de las demás islas no se mostraron dispuestos a trocar su paradisíaca desnudez por la civilización del señor de Bethencourt, lo cual dio lugar a sangrientas luchas, en el curso de las cuales los guanches bautizados de Lanzarote conquistaron dos islas más para el noble normando. Pero los conquistadores no se atrevieron a acercarse a las grandes islas con su sociedad rigurosamente organizada en castas.
Un año más tarde Bethencourt volvió a las Canarias acompañado de un obispo y de un grupo de normandos aventureros; allí fue recibido con grandes aullidos de alegría por parte de los guanches bautizados y con pedradas por parte de los no bautizados. Dos sacerdotes de los que le acompañaban, Piere Bontier y Jean Leverrier, estudiaron la vida de los indígenas y añadieron una serie de sabrosos detalles a la descripción de Boccaccio. Según ellos, los grupos de guanches primitivos vivían en comunidad matriarcal, se alimentaban de raíces y leche de cabra y, como armas, empleaban piedras y picas de madera aguzadas; esos trogloditas trepaban por las montañas con la misma facilidad que las cabras y eran tan buenos corredores que podían cazar una liebre en carrera. Pero la mayor parte de los guanches de las islas mayores de Gran Canaria y Tenerife estaban organizados en diferentes estados; al frente de cada estado guanche había un rey, al que asistía un senado elegido entre los guanches nobles: Un sacerdote cuidaba del culto del dios supremo invisible y de la diosa de la fecundidad, mediaba en procesos legales y dirigía los combates rituales, que entusiasmaban a los guanches. Los indígenas no conocían los metales; tampoco poseían embarcaciones y no podían trasladarse de una isla a otra. Ese fue el motivo de que cada isla tuviese una lengua propia y acabara por no comprender la de las demás. Parece que un día que un español preguntó a varios guanches de la Gran Canaria de dónde procedían, éstos le contestaron: "Dios nos puso en estas islas, nos dejó aquí y luego se olvidó de nosotros".
De pronto, a los ojos de la ciencia, este pueblo misterioso fue considerado "una raza de valientes y pacíficos pastores, de costumbres moderadas y puras", según explica una descripción hecha en el siglo XIX, "modelo de honradez, lealtad, pundonor, moderación y formalidad", y "trabajadores, compasivos con los ancianos y sumamente hospitalarios". Con lo cual uno se pregunta: ¿por qué los conquistadores europeos se empeñaron en aniquilar tan extraordinarias virtudes para sustituirlas por su código de costumbres? A mediados del siglo XIX aparecieron los primeros especialistas e intentaron desentrañar el secreto de los guanches.
Teorías de los últimos Siglos
En 1845, el francés Sabin Berthelot recogió todos los vocablos que se conservaban todavía de la lengua guanche, estudió la raza de sangre mestiza de guanche de los insulares y expuso la opinión de que había habido allí dos razas distintas de hombres: un primitivo pueblo aborigen que vivía en las cavernas y otro pueblo de cultura más avanzada que más tarde se superpuso a aquél, pero que cayó también en un absoluto primitivismo. Alexander von Humboldt creía que los guanches eran una raza emparentada con los europeos, que "desde tiempos muy remotos habitaba en las islas Canarias". El inglés James Cowles Prichard, uno de los etnólogos más destacados de mediados del siglo XIX, fue más explícito aún. Prichard era además un psiquiatra, que, como comisario de los manicomios londinenses, analizó agudamente las distintas formas de enfermedades mentales, y escribió precisamente en aquella época una Historia natural del hombre, intentando clasificar a la humanidad no sólo desde el punto de vista del color de la piel, sino teniendo en cuenta las múltiples características físicas dentro de los diversos grupos raciales. Y naturalmente había de interesarle un pueblo que a pesar de haber habitado unas islas del norte de Africa, había sido rubio y de ojos azules como los pueblo germánicos y había vivido en las cavernas como los hombres de la época glacial, cuyos escasos restos acaban de ser descubiertos. La hipótesis que formuló Prichard, era, por lo que hoy sabemos, extraordinariamente justa: Prichard estableció un parentesco entre los guanches y los antiguos bereberes del norte de Africa, también rubios y de ojos azules, y, por lo tanto, también con los antiguos iberos de la España prehistórica y los vascos de los Pirineos occidentales; calificó a estos pueblos de "razas atlánticas". Esta hipótesis fue aceptada unánimemente por todo el mundo científico. En épocas prehistóricas, unos parientes cultos de los bereberes se embarcaron y, desde el norte de Africa, pasaron a las islas Canarias; "un pueblo muy dotado -según nos dice Oscar Peschel-, que tuvo, en otro tiempo, formas de vida muy elevadas", pero que en las islas Canarias, debido a su aislamiento, decayó paulatinamente al estado de los pueblos salvajes". Los guanches conservaron algunos restos de la antigua cultura "como petrificados en el estado de salvajismo ulterior.
El hombre de Crô-Magnon
Pero Prichard y sus adeptos no dejaron de tener quien les replicara. En el año 1873, Franz von Löer, polígrafo y patriota alemán, visitó las islas Canarias por encargo del rey de Baviera Luis II. Su entusiasmo nacionalista queda atestiguado por su obra más importante, que lleva por título de Des deutschen Volkes Bedeutung in der Weltgeschichte "La importancia del pueblo alemán en la historia universal"), aunque se hizo famoso por otros escritos como Ajuste de cuentas con Francia y Estrangulación de la nacionalidad alemana en Hungría. Este hombre miró a los valientes guanches rubios con ojos muy distintos a como los habían mirado los fríos y rigurosos investigadores Berthelot, Humboldt y Prichard. Löher venía del mundo wagneriano de la corte del rey de Baviera y, naturalmente, no pudo sustraerse a la tentación de establecer comparaciones entre las epopeyas de los guanches y la de los germanos. Así fue como se le ocurrió lanzar la audaz y sensacional teoría de que los aborígenes de las islas Canarias habían sido de origen germano. Según Löer, en tiempo de Cartago vivía en las islas Canarias un pueblo bereber que fue aniquilado en gran parte por los cartagineses. En el año 492 d. J.C., el pueblo germano de los vándalos inundó los países norteafricanos, conquistó Cartago, infligió varias derrotas a los ejércitos y flotas romanas y, finalmente, entre los años 533 y 534 fue vencido por el general romano oriental Belisario y obligado a la asimilación. Pero una gran parte de estos vándalos, declaró Löer, se escaparon del ejército de Belisario y huyeron hacia el sur de Marruecos, donde se transformaron en "bereberes rubios". Y los más valientes se refugiaron en las islas Canarias e impusieron allí su sello a los aborígenes que encontraron. La manera de vivir y de vestir de los guanches, su organización política y legal, son, en opinión de Löer, de origen vándalo, así como su cabello rubio, sus ojos azules, su valor y la lealtad del misterioso pueblo canario. "Hasta la conquista por los españoles -escribió Löer-, los vándalos permanecieron en las islas Canarias completamente aislados; retrocedieron en su nivel de cultura, al perder el uso de los metales, la construcción de embarcaciones y otras cosas por el estilo. Su lengua se anquilosó y su cristianismo se deformó." Löer llegó incluso a explicar el nombre de "guanches" por un transformación de wandches, es decir, "vándalos".
Esta teoría está llena de lagunas. En la lengua de los guanches no hay palabras germánicas; en cambio, hay expresiones que recuerdan la lengua de los bereberes. Las construcciones, los sepulcros de momias, los monumentos megalíticos, los cultivos de azadón y los signos de escritura que se han encontrado en las islas Canarias no guardan relación con el centro de Europa, sino con el norte de Africa. Y sobre todo, los restos de edificios, los esqueletos hallados en antiguas capas de tierra y algunos pasajes en las obras de los autores grecorromanos revelan que, ya mucho antes de la invasión de los bárbaros (probablemente ya en el tercer milenio antes de Jesucristo), había guanches en las islas Canarias. No obstante, la tesis del origen germano de los guanches se continúa discutiendo con tal tenacidad incluso en obras que pasan por ser serias, que puede decirse que se trata de un verdadero fanatismo dogmático. Cuando por razones histórico-cronológicas hubo que descartar a los vándalos, los godos y otros pueblos que formaban parte de la invasión de los bárbaros, el prehistoriador germanista Gustav Kossinna lanzó la hipótesis de una "gran ola de pueblos nórdicos" que, según él, había inundado el norte de Africa en el tercer milenio antes de Jesucristo, y que había sembrado de gente rubia las islas Canarias, hipótesis que fue luego recogida por numerosos racistas a pesar de que no existe el menor indicio de esta invasión prehistórica de gentes nórdicas. Y, sin embargo, la solución del misterio es mucho más sencilla y mucho más interesante y sugestiva qu todas las teorías gemanísticas que se han tejido desde Löer hasta Kossinna.
En el año 1925, Ernest A. Hooton, uno de los más eminentes antropólogos de América, publicó un estudio bajo el título The ancient inhabitants of the Canary Islands; al mismo tiempo, dedicaron su atención al problema de los guanches el antropólogo alemán Eugen Fischer y otros varios prehistoriadores y etnólogos. Se examinaron momias conservadas y se midieron sus cráneos. "Se trata -escribe Fischer- de rostros de ángulo facial muy abierto, pómulos prominentes y base de la nariz algo hundida, de tipos de huesos bastos y de gran estatura, que se distinguen perfectamente de las razas mediterráneas." Pero los cráneos de los guanches se distinguen también de los dolicocefálicos germanos. Sólo hubo una raza humana que tuviera la misma estructura de cráneo y de huesos de los primitivos habitantes de Canarias y esta raza el la de Crô-Magnon del último período glacial. En realidad los guanches son descendientes del hombre de Crô-Magnon que, desde el punto de vista antropológico, se conservaron casi intactos hasta la época histórica.
Gracias a un minucioso trabajo de reconstrucción, los prehistoriadores han podido precisar cómo fueron a parar a las islas Canarias. La raza Crô-Magnon del tercer período glacial, creadora de las pinturas rupestres y de otras obras de arte de la época neolítica del sur de Europa, se trasladó, en las postrimerías del período glacial, a otros ámbitos: al norte de Europa, a Asia y, por el estrecho de Bering a América; se transformó, creó nuevos pueblos y nuevas razas y se constituyó en fuente de la cual arrancan muchos pueblos blancos y atezados. Hubo, en cambio, otros grupos que fluyeron de España a Africa. Y estos cromañonenses africanos conservaron sus primitivas características y, en el paleolítico superior y luego en el neolítico, crearon una cultura muy particular en tierras africanas, la "cultura capsiense". Muelas y piedras de afilar, hachas transversales, anillos de piedra y cepos sepulcrales, puntas de flecha de piedra, huellas de primitiva agricultura e indicios de vida trashumante nos revelan de qué modo vivían en aquella época los hombres capsienses cromañonenses del norte de Africa. Construían monumentos megalíticos, adoraban divinidades femeninas y desarrollaron una sociedad matriarcal.
Hijos legítimos de la cultura capsiense fueron los primitivos saharianos, los antiguos libios, los bereberes, los hombres de cabello rubio, ojos azules y rostro casi cuadrado. Los canarios descienden de estos norteafricanos cromañonenses, que llevaron la cultura capsiense a las islas, aunque no le dieron ulterior desarrollo, sino que, a causa de su largo aislamiento, descendieron otra vez al nivel de cultura de los trogloditas, que en otro tiempo habían superado, después de su emigración al terminarse el período glacial europeo. El hecho de que los guanches tengan el cabello rubio y los ojos azules confirma la opinión de los prehistoriadores de que también el hombre de Crô-Magnon del periodo glacial era rubio y tenía los ojos azules. Individuos rubios los hay no sólo entre los europeos y los bereberes, sino también en muchos pueblos asiáticos e incluso entre los polinesios y los indios. Gran parte de los cromañonenses perdieron esta característica en el curso de sus largas migraciones, que dieron lugar a mezclas con otras razas oscuras. En cambio, en la rama nórdica de los indoeuropeos estos rasgos siguieron siendo predominnantes; lo mismo ocurrió entre los guanches incomunicados con el resto del mundo "como si Dios los hubiese olvidado". Si todavía se conservan los aborígenes canarios, la ciencia podría estudiar sobre el terreno el aspecto que tendrían los descendientes de los hombres del período glacial que vivieron el la época del paleolítico superior, observar sus cultos, sus costumbres y las formas de sociedad que desarrollaron. El asesinato racial llevado a cabo contra los guanches sólo tiene un parejo en la historia de la humanidad: la brutal aniquilación de los tasmanos del sur de Australia, pueblo que vivía aún en el grado de cultura del hombre del Neandertal. Y parece una amarga ironía del destino que, al mismo tiempo que Prichard, Humboldt y otros sabios expresaban su profundo sentimiento por la destrucción de los guanches, se cazara todavía a los tasmanos como si fueran animales salvajes y se les deportara a las islas desiertas para que allí murieran de hambre. Todo lo que ha quedado del valiente, misterioso y cien veces discutido pueblo de los guanches, son unos cuantos dibujos descoloridos realizados sobre ardientes rocas, signos misteriosos e indescifrables, unas pocas momias envueltas en piel de cabra y cráneos tipo Crô-Magnon de tosca textura. De vez en vez se descubre todavía un rostro canario, cuadrado y huesudo, que nos mira con los ojos azules bajo una frente coronada de mechones rubios. Y algunos habitantes de las islas Canarias viven hoy como en tiempos remotos, dentro de cavernas y en poblados completamente trogloditas, en forma parecida a como vivían aquellos hombres que el noble normando Bethencourt halló al desembarcar allí. (Herbert Wendt, Empezó en Babel, 1960)
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