Pudo Dios poner fin a este estado de cosa; a este Mundo imperfecto. Se lo hubiera merecido; y hay indicios arqueológicos y Bíblicos que de hecho, se deshizo de muchos de esta gente. El Diluvio Universal, Sodoma y Gomorra, y muchas civilizaciones de la antigüedad, que se basaban en la maldad. Usó, como siempre hace, los procesos y fenómenos naturales: el agua, fuego, volcanes, temblores, etc., y hasta a ciertos hombres. Pero, no acabó con toda la humanidad. De esa multitud de hombres esparcidos por todo el orbe, fue “enfocándose”, en ciertos individuos, tribus (Llamémosles el Pueblo o los Pueblos escogidos), muy antiguas, que habían desarrollado una consciencia del bien y del mal, más a tono con las leyes naturales que son su manos creadoras. Fue viendo en aquellos hombres (Llamémosles: Patriarcas), una “esperanza” de la naturaleza humana que El, quería desarrollar y que llamamos: “El Plan Divino”. Los fue formando y guiando a través de algunos que todavía representaban un comportamiento más elevado, más espiritual (Llamémosles: Los Profetas). Estos, sin importarle más que el amor que sentían por su creador o el sacrificio que conllevara, se dieron a la tarea de infundir en su antiguas comunidades una consciencia más refinadas sobre el Bien Común y la realización que todo bien, viene de un Ser Creador, un Dios que es dueño de Todo. Tal pareciera que Dios quería recrear o moldear una materia con características espirituales a su semejanza. Si, porque aunque algunos, tal vez me acusen de Panteísta, Dios lo demostró en Cristo, que es materia viva espiritual de su misma esencia. O es materia que ha elevado a la espiritualidad. La resurrección de Jesús, en un cuerpo maravilloso, glorificado y transmutado, es el mejor ejemplo. En Cristo, En Jesús, su Cristo, se culmina Dios, que participará en su creación; donde reinará para siempre. Como Cristo fue tentado, así nosotros también. Como Cristo, probó la muerte y resucitó, así también nosotros, resucitaremos en un cuerpo idéntico al de El y con El, participaremos como sus hermanos, e hijos de su Padre, quien en El se complace. Dios eleva a la materia, no la descarta porque todo lo creado por El es bueno, y la casa con el espíritu. La materia perfecciona al espíritu y el espíritu eleva a ala materia. Este es el Plan Divino, por eso se llevó a cabo esta creación universal.
Así pues, la Redención es el regalo inmenso de Dios al hombre, creación caída y corrupta por el mal. Lo hace, materializándose y habitando entre nosotros.
La Redención según el Cristianismo Católico
Al considerar la encarnación deben de admitirse dos verdades importantes: 1) Cristo fue al mismo tiempo, y en un sentido absoluto, verdadero Dios y verdadero hombre; y 2) al hacerse Él carne, aun que dejó a un lado su Gloria, en ningún sentido dejó a un lado su deidad. En su encarnación Él retuvo cada atributo esencial de su deidad. Su total deidad y completa humanidad son esenciales para su obra en la cruz. Si Él no hubiera sido hombre, no podría haber muerto; si Él no hubiera sido Dios, su muerte no hubiera tenido tan infinito valor.
Juan declara (Jn. 1:1) que Cristo, quien era uno con Dios y era Dios desde toda la eternidad, se hizo carne y habitó entre nosotros (1:14). Pablo, asimismo, declara que Cristo, quien era en forma de Dios, tomó sobre sí mismo la semejanza de hombres (Fil. 2:6-7); «Dios fue manifestado en carne» (1 Ti. 3:16); y Él, quien fue la total revelación de la gloria de Dios, fue la exacta imagen de su persona (He. 1:3). Lucas, en más amplios detalles, presenta el hecho histórico de su encarnación, así como ambos su concepción y su nacimiento (Lc. 1:26-38; 2:5-7).
La Biblia presenta muchos contrastes, pero ninguno más sorprendente que aquel que Cristo en su persona debería ser al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. Las ilustraciones de estos contrastes en las Escrituras son muchas: Él estuvo cansado (Jn. 4:6), y Él ofreció descanso a los que estaban trabajados y cargados (Mt. 11:28); Él tuvo hambre (Mt. 4:2), y Él era «el pan de vida» (Jn. 6:35); Él tuvo sed (Jn. 19:28), y Él era el agua de vida (Jn. 7:37). Él estuvo en agonía (Lc. 22:44), y curó toda clase de enfermedades y alivió todo dolor. Aunque había existido desde la eternidad (Jn. 8:58), Él creció «en edad» como crecen todos los hombres (Lc. 2:40). Sufrió la tentación (Mt. 4:1) y, como Dios, no podía ser tentado. Se limitó a sí mismo en su conocimiento (Lc. 2:52), aun cuando Él era la sabiduría de Dios.
Refiriéndose a su humillación, por la cual fue hecho un poco menor que los ángeles (He. 2:6-7), Él dice: «Mi Padre es mayor que yo» (Jn. 14:28); y «Yo y el Padre uno somos» (Jn. 10:30), y «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn. 14:9). Él oraba (Lc. 6:12), y Él contestaba las oraciones (Hch. 10:31). Lloró ante la tumba de Lázaro (Jn. 11:35), y resucitó a los muertos (Jn. 11:43). Él preguntó: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» (Mt. 16:13), y «no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre» (Jn. 2:25). Cuando estaba en la cruz exclamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mr. 15:34). Pero el mismo Dios quien así clamó estaba en aquel momento «en Cristo reconciliando al mundo a sí» (2 Co. 5:19). Él es la vida eterna; sin embargo, murió por nosotros. Él es el hombre ideal para Dios y el Dios ideal para el hombre. De todo esto se desprende que el Señor Jesucristo vivió a veces su vida terrenal en la esfera de lo que es perfectamente humano, y en otras ocasiones en la esfera de lo que es perfectamente divino. Y es necesario tener presente que el hecho de su humanidad nunca puso límite, de ningún modo, a su Ser divino, ni le impulsó a echar mano de sus recursos divinos para suplir sus necesidades humanas. Él tenía el poder de convertir las piedras en pan a fin de saciar su hambre; pero jamás lo hizo.
La Promesa de Dios en Cristo para el Hombre en Su Plan Divino
Una anécdota de la vida de San Juan Bosco nos da en un granito de arena lo que es la Promesa de Dios para el Hombre. Estaba moribundo su hermano José, y San Juan Bosco, al enterarse, corre junto al lecho del paciente, que le pregunta:
- Juan, Juan, ¿qué me traes?
Y San Juan Bosco, con aquella su fe profunda:
- ¿Qué te traigo, mi querido hermano? ¡Te traigo el Reino de Dios!
¡El Reino de Dios!...Esta palabra nos lleva ahora a pensar en la gran ilusión de Dios. En su ideal, vamos a hablar así. Porque Dios no acarició otra idea que traer a la tierra el Reino suyo, el Reino de los Cielos, el Reino de Dios. El mismo Dios lo llama La Buena Noticia, porque esto significa la palabra griega Evangelio. Jesús, empieza a proclamarlo con gozo: - El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Convertíos, y creed en la Buena Nueva (Marcos 1,15)
El Reino va a ser la obra de Dios. El Padre Eterno tiene la idea de congregar en una familia suya a toda la Humanidad dispersa. Manda su Hijo al mundo para que lleve a cabo esta misión. Y el Espíritu Santo, como atestigua el mismo Jesús, lo llena, lo unge, y lo manda:
- El Espíritu de Dios sobre mí, porque me ha ungido y me manda a anunciar a los pobres la Buena Noticia (Lucas 04,106)
¿Quiénes van a ser los llamados? Todos los hombres, porque Dios quiere que todos se salven y que todos vengan al conocimiento de la verdad, ya que recibió la Sangre de su Hijo por la salvación de todos sin excluir a nadie (2Timoteo 2,4)
La pregunta inquietante será siempre la misma. Dios quiere la salvación de todos. Pero, ¿aceptarán todos el Reino? ¿Querrán todos entrar en la Iglesia, una vez conocida? Los que ya están en la Iglesia, ¿perseverarán en ella, no querrán escaparse?...
El Reino de Dios tiene unos "candidatos" especialmente escogidos. Son los pobres y los pequeños, es decir, los que acogen el Reino con un corazón humilde. Son los que no discuten con Dios, como el niño pequeño que no discute con el papá, porque el papá lo sabe todo... Mientras el hombre se conserva niño ante Dios, el Reino de los Cielos no ofrece dificultad y la puerta se traspasa con toda normalidad.
Pero apenas la soberbia se mete en el corazón, y el hombre quiere hacerse dios de sí mismo —rechazando la Palabra de Dios, discutiéndola, aceptando unas cosas sí y otras no, según le vengan bien o mal— entonces empiezan a cerrarse automáticamente, y por propio impulso, las puertas del Reino. El soberbio está metido en un reino que él mismo se ha creado, y no en el Reino proclamado por Jesucristo. La Iglesia, siempre la Iglesia, es el gran signo y el gran medio para la vida del Reino.
La Iglesia, la gran muleta, la puerta de entrada; y si el hecho de Melancthon no fuera seriamente histórico, no lo contaríamos aquí. Melancthon fue el gran colaborador de Lutero. Cuando su madre estaba moribunda, recibió la confidencia más grave: - Hijo mío, ¿cómo quieres que muera, como católica o conforme a vuestra nueva religión? Melancthon no tuvo alma para mentir al ser más querido, y le dio la tan conocida respuesta: - Madre, la nueva religión es más cómoda para vivir; pero, para morir, la católica es la segura.
Todos están llamados al Reino, y a todos se les abren las puertas de la Iglesia. No quedan excluidos los pecadores, porque pecadores somos todos, y a todos nos invita Jesucristo: - Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Lucas 5,32)
Como dice el Rev. Padre Ricardo Castellanos de la Parroquia Santa Luisa de Marillac en San Juan, Puerto Rico: Dios está siempre con el Hombre , pero: ¿estará el hombre con Dios?
Cuando hablamos del Reino de Dios con la expresión del Evangelio, contemplamos el Reino en sus dos dimensiones: en la temporal y en la eterna. El Reino de Dios se inicia en este mundo, lo anuncia, lo proclama y lo instaura Jesucristo en su Persona, con su predicación y su misterio pascual de la muerte y de la resurrección. Pero ese Reino no es para este mundo, sino para otro futuro. Aquí en la tierra preparamos el Reino, trabajamos por él, pero se consumará glorioso al final de los tiempos.
Fernando, el rey esposo de Isabel la Católica, los padres del descubrimiento de nuestra América, se encuentra junto al lecho donde agoniza su hijo, que hubiera sido el heredero de vastísimos reinos, y le dice con fe grande:
- Hijo mío muy querido, te llama Dios, que es mayor Rey que ningún otro y tiene otros reinos y señoríos mayores y mejores que éstos que tú esperabas e ibas a heredar.
Es cierto. El Reino de Dios, el Reino de los Cielos proclamado por Jesucristo, el que nos promete y nos da a nosotros, ese Reino viene de arriba y no lo ofrecen los grandes de la tierra...
You are viewing the text version of this site.
To view the full version please install the Adobe Flash Player and ensure your web browser has JavaScript enabled.
Need help? check the requirements page.