Cayetano Coll y Toste(1), historiador y anecdotista puertorriqueño, escribió allá para los comienzos del siglo 20, una serie de cuentos y leyendas de Puerto Rico; entre las cuales, se encuentra predominantemente: "La Garita de Diablo".
Trata esta leyenda sobre un episodio que supuestamente ocurrió en San Juan, durante la gobernación colonial de la Isla. Una garita, debo de explicar antes de adentrarme en el asunto, es una pequeña estructura acampanada, erecta a cierta distancia unas de otras, a lo largo de toda la ciudad amurallada del Viejo San Juan. Hoy en día, pueden observarse incólumes intactas en lo que queda de dicha murallas sobre todo, en los Castillos del Morro (2) San Cristóbal (4) y el Fortín del Escambrón (5).
Estas garitas eran en esencia, unas atalayas donde se apostaban en turnos rotativos, a los soldados que hacían la guardia de la ciudad. Algunas de ellas eran muy remotas y solitarias. Las que miraban desde San Cristóbal protegiendo el flanco Norte-oeste de la muralla, estaban ubicadas casi a ras del mar. En épocas de tempestades o de marejadas, el salitre y el oleaje hacia éstas particularmente odiosas a los guardias a ellas destinadas.
Pero había una en particular, especialmente nefasta. Tal era así, que solo se destinaba a su vigilancia a los soldados que se querían castigar o que representaban problemas de disciplina. Un verdadero infierno de seguro, sobre todo si se toma en cuenta la falta de buena iluminación, soledad y mal ambiente de que adolecía. Constituía un verdadero castigo que te destinaran toda una noche a su vigilancia.
Esta leyenda, se enmarca precisamente dentro de las agravantes circunstancias de esa garita. Cuenta la insólita historia, de un desdichado soldado español que por haberse enamorado de una señorita de sociedad de la Capital, fue destinado a ella y lo que luego aconteció.
Resulta que era costumbre del comando del Batallón Número Dos de Infantería (6), acuartelado en Ballajá (Cuartel militar en el Castillo del Morro 3), hacer marcha y despliegue de galas militares, varias veces al día, acompañado de tambores, cornetas y flautas, por la calle de Norzegueray, y hasta las facilidades del cuartel, para luego rendir por el día, y al cambio de guardia. Mucha gente de la ciudad, se daba cita a para ver el desfile militar y a tomar el fresco de la tarde, y algunas muchachas, a escondidas, de igual manera, se soleaban a coquetear a la soldadesca. Sin embargo, ninguna respetable y de sociedad, se le ocurriría o le era permitido hacerlo. Era algo estimado reprochable entre la gente de bien y sociedad permitir a sus hijas socializar en forma alguna con los soldados con excepción, naturalmente, de la oficialidad cuyo trato era reglamentado por un estricto protocolo social.
Dando a la calle por donde desfilaba la tropa, estaba esta casa donde residía un acaudalado comerciante capitalino con una hija señorita de singular belleza. No había hombre soltero o casado, que no hubiera soñado con ella y eran muchos los jóvenes que sin éxito la cortejaban. La casa tenía una ventana balaustrada que daba justamente sobre la calle desde el segundo piso. Una de esas tardes, salió por casualidad la bella joven a la ventana justamente cuando pasaba marchando la tropa al son de los tambores y flautas. Este joven soldado, recién llegado de la Madre Patria, por un momento fugaz, pudo verla, y ella verlo a él. Por esas cosas tan maravillosas de la vida, bastó aquel fugaz encuentro de miradas para que ambos sintieran el especial brinco y aguijonazo del amor a primera vista.
Así que todas las tardes desde entonces, a hurtadillas, cerraba la muchacha su cuarto, y se asomaba para poder ver a su enamorado, para quien ese momento, era lo único especial, de alegría que había en su sacrificada vida de soldado de servicio en ultramar. Ella, a pazos vertiginosos iba sucumbiendo a la entrega emocional y apego al otro ser.
Los soldados de cualquier país pero en particular los de España, tenían la triste reputación de ser seductores e incumplidores en sus amoríos con las mujeres de Indias, como ellos decían. Por lo que cualquier pater familia en Puerto Rico, era particularmente celoso con sus hijas, y se esforzaba en evitar que se relacionaran con ellos. Nuestro soldado enamorado era raso, por lo que lo hacía especialmente vulnerable a este sigilo y particularmente objeto de reproche disciplinario.
No hay que decir mucho, pasó lo que siempre pasa. No hay orden militar, protocolo, régimen o cadenas por más fuertes que sean para contener la fuerza hercúlea de un amor incipiente. Sobre todo si es prohibido o vedado. Aquellos dos, buscaron hasta que encontraron la forma de verse cara a cara. Y cuando lo hicieron, estalló la pasión con una fuerza tal que produjo lo que produjo.
El asunto transcendió; primero la madre la sorprendió y de inmediato se lo comunicó a su esposo. Hubo al principio un encuentro de ambos con la hija: reproches y consejos cordiales y paternales, y al final, cuando la cosa persistía, regaños y serias amonestaciones. ¡Que va… para nada! no solo la situación continuó sino que se fue complicando. Las palabras por muy articuladas, bien intencionadas, tersas o represivas, sobran donde ya solo se oye las que profundamente habla el corazón, no importa cuán mal aconsejadas o desatinadas sean éstas. La muchacha ya no podía estar sin su enamorado y el él no le iba a la zaga.
Varias veces se les vio hablando, sobre todo cuan ella salía de su escuela porque todavía asistía a la de las monjas en la calle San Sebastián. El padre, ya seriamente molesto y preocupado, dio parte del asunto a la comandancia del cuartel. Se le citó al joven soldado y apercibido de la seriedad del asunto, se le advirtió de las consecuencias de persistir en aquella proscrita relación. Él oyó en silencio y cabizbajo pero ya le era imposible un cambio de rumbo. A ella se le encerró en su cuarto al regresar del colegio que hacía ahora siempre acompañada por su madre o algún sirviente de confianza. Sufrieron lo indecible y por algún tiempo durante el castigo, lograron porque siempre sobran personas para ese oficio, conseguir una persona para que les sirviera de celestina y les intercambiara mensajes. Por espacio de varios meses persistieron en este juego hasta que ya sin poder más, ella se fugó una tarde y él, faltando al rancho y furriel de la tarde, vino a su encuentro.
Más reproches, amonestaciones y más severos castigos para la muchacha y al soldado, destinado a la garita aquella del Castillo de San Cristóbal. No era cosa de broma; era entrado el invernazo, que ese año fue particularmente severo y cruel. Grandes marejadas se ensañaron con la costa, reventando alevosamente contra los peñones frente a dicha garita. Era un verdadero infierno de humedad, frio e incomodidad. Aún así crecía aquel amor ahora abonado y aguijonado por las circunstancias. Varias cartas se intercambiaron donde se comunicaron la necesidad de tomar una decisión al respecto.
Te tal suerte las cosas puestas, una noche de especial mal tiempo y ventisca, después de dejar de común concierto, una serie de falsas pista, la joven, con solo un pequeño lio de ropa, con gran sigilo se dejó descolgar hasta la calle desde su percha de encierro, y ya muy tarde en la madrugada cuando todos dormían. Cogió calle abajo bajo la protección de la oscuridad y burlando a la guardia de Sereno, hasta llegarse con suma dificultad hasta la garita donde esperaba igualmente preparado su enamorado soldado.
No se sabe quien los aconsejó o como se les ocurrió, la cosa es que dejaron unas velas rojas, un gallo decapitado y un pequeño y extraño altar dentro de la garita y se esfumaron en la madrugada, cuando apenas el sol comenzaba a centellar por las inmediaciones del Escambrón. No tengo que contarles de la agitación y revuelo que se suscitó cuando esa mañana toca la madre a la puerta de la muchacha para prepararla para el colegio o cuando fueron a relevar al soldado. No está la muchacha en su cuarto y el soldado no aparece por ningún lado. Claro que se inició de inmediato una búsqueda intensa por toda la ciudad, contornos y hasta por los barrios más lejos de Cangrejos, Vacía Talega, Santurce, Hato Rey y más allá. Y por varias semanas, salieron varios grupos a caballos para los pueblos más lejanos de la isla. Nada, pero nada se supo de su paradero; nadie tenía la más mínima cintila de noticia sobre su paradero. Se los había tragado la tierra o eso es lo que ellos creían.
Solo quedaba aquella sangre y gallo decapitado sobre el pequeño altar en la garita. ¿Pero qué iban a decir aquella comunidad de criollos simpletones del San Juan de mediados del siglo diecinueve? Pues la superstición se impuso y por semanas y meses, circuló por toda la ciudad y más allá de ella, que el Diablo se había llevado a una muchacha y un soldado de una de las garitas de las murallas. “La garita del Diablo”, vino a ser bautizada, y por mucho tiempo no había soldado que aceptara que lo enviaran a la misma aún bajo amenaza de encarcelamiento o tortura.
Bueno… para ir acotando, tengo que decirles que nada, absolutamente nada, se supo luego de esta pareja. De hecho los menos supersticiosos en varias ocasiones decían que los habían visto en uno que otro de los pueblitos más recónditos de la cordillera central de la Isla. Claro que eso era simple especulación, porque lo cierto es, que se esfumaron sin dejar mayores rastros.
Y pasó el tiempo… se sepultó en el cofre del olvido este incidente y ya después de varios años, no se hablaba más del asunto, o de la dichosa “Garita del Diablo”.
Hay quienes dicen que el padre de la muchacha, un peninsular y nada supersticioso, como dije: comerciante, indagó profundamente en el incidente y hasta supuestamente, descubrió la verdad, que ya hacía tiempo, como quiera sospechaba. Pero, señores, aún así entendió que para todos los efectos, y en protección de su honor y el de su familia, lo mejor era dejar las cosas bajo el manto de la leyenda y casi certeza para la comunidad, de que en efecto, el Diablo se los había llevado en castigo a su imprudencia y falta de obediencia.
Así que a donde se fueron, nadie lo supo y hasta el día de hoy, constituye un misterio. Ellos, naturalmente, nunca escribieron a sus padres y el tiempo se los tragó como está acostumbrando hacer con casi todo.
Van uno, y otro cuarto de siglo, que esto pasó. De hecho, de no haber sido por el inconcluso relato de Coll y Toste, nadie en la época actual se hubiera enterado. Yo vengo ante ustedes con esta historia porque por ventura, o esas cosas extraordinarias de la vida, me di de bruces, ya hace algún tiempo con el desenlace de este cuento. Porque la vida tiene una rara propensión a relatar, o delatar sus incidentes, sobre todo, cuando son tan inverosímiles como éste. Busca y rebusca y filtra por los pliegues más angostos del misterio, todo lo que no quiere que así se quede. Y yo, vine a ser su conducto y canal para contarlo, como ahora verán.
Hace unos añitos, no tantos, estuve en la República Dominicana donde establecí con mi socio puertorriqueño Pedro J. Quiles, una fábrica y operación agrícola para producir harinas zootécnicas de alta proteína. Las facilidades para esa operación estaban localizadas en la parte más Noroeste de la república en una bahía llamada Manzanillo(7). Justamente en ese lugar: Pepillo Salcedo, que era el nombre del pueblito, salía el rio Masacre. En su banda Este, estaba la República Dominicana y en su lado Oeste, estaba Haití. En aquel entonces, acostumbraba ir en una pequeña embarcación de motor que tenía, hasta el poblado de Fort Liberté(8) a unas sesenta millas al Oeste en Haití. Fort Liberté, antiguo Fort Royale de los bandidos, corsarios y bucaneros de la época de dominación española de toda la Isla de la Hispaniola. Algunos fines de semanas, así pasaba el tiempo quedándome en un pequeño hotelito hecho de piedra, que manejaba una señora francesa, entrada en años. Madame Marie-Luise, era conversadora y dominaba el español bastante bien. Su cocina, nada sorprendente, siendo francesa, era sencillamente fuera de este mundo. Por eso, más que por otra cosa, me iba para Fort Liberté cada vez que podía. Me refiero a porque era conversadora la señora, aunque por la comida también me gustaba su sitio.
En uno de esos fines de semanas, luego de haberme dado un tremendo atracón de Langosta a La Termidor, y de postre un Chutney de Mango, me había recostado en una de las hamacas de la veranda del hotelito. Madame Marie-Luise entró con una taza de café y se sentó a mi lado. Estuvimos conversando por un buen rato sobre temas generales de la historia de esa región de Haití. Luego, de un mutis, me dice: ¿Usted no conoce a los puertorriqueños que viven en Cape Haitian(9)? –No- le contesté—¿puertorriqueños, dice usted? Si—y continuó diciéndome que ya llevaban mucho tiempo residiendo allí. Me dijo que si a mí me interesaba, ella podía darme los nombres y las direcciones para que los fuera a ver. No tenían teléfonos porque vivían en un sitio algo apartado de esa ciudad, por lo que si quería verlos, tenía que ir hasta allá.
¡Puertoriqueños en Haití, y en Cabo Haitiano!… ¿qué de particular tiene eso? Los hay en todos los rincones de la Tierra—me dije. Además, ir a Cabo Haitiano, ni es lo más fácil o seguro del mundo. En esos parajes abundan los bandidos y asaltadores, muchos son los atrevidos turistas italianos y franceses que han desparecidos sin dejar rastro; son historias conocidas. No hay carreteras asfaltadas y los caminos, son verdaderos lodazales en tiempos de lluvia. Es una región inhóspita bastante despoblada y llena de marismas y manglares. Los pequeños poblados antes de llegar, con excepción de Guanamenthe, en la frontera con Dajabón, en la República Dominicana, son bien pobres y míseros. De proceder por tierra, que es un disparate, hay que llevar de todo: la comida, gasolina, ir armado o con gente de armas.
Lo estuve pensando por algún tiempo. A pesar de todo lo contraindicado y como para mí no hay algo más atractivo, que la combinación de elementos en una ecuación que envuelva algún riesgo, me decidí a ir. “Usted está loco o le faltan varios tornillos” – me dijeron en la fábrica; pero esa misma noche, ya habían dos de ellos que estaban dispuestos a acompañarme. Lo único es que decidimos ir por mar. Son unas ciento y un pico más de millas náuticas desde la bahía de Manzanillo hasta Cabo Haitiano. Salimos antes de que aún saliera el Sol, con la marea llena y un mar en total calma. Corricaneamos o hicimos sirga por todo el camino y de hecho cobramos un par de buenas piezas. Entramos a Fort Liberté y obsequiamos un buen par de ellas a Madame Marie-Luise allá en su hotelito. Recogimos a un guía que nos tenía preparado y proseguimos de inmediato nuestra navegación antes de que levantara la brisa y el mar se pusiera malo. Llegamos más o menos al oscurecer, mandamos al guía para que nos buscara al aduanero y nos permitiera entrada legal como turistas. Luego de eso, nos refugiamos en un hostal de la ciudad de bastante comodidad. En aquel entonces, se podía uno pernoctar en ellos por menos de veinte dólares la noche y la comida, generalmente sencilla pero buena, también era bien barata.
Al otro día, el guía nos condujo a casa de esta señora a quien Madame Marie-Luise, ya había mandado razón de nuestra visita. Así conocí a Monique Jiménez; tenía a la sazón, según me dijo, unos noventa años Debió tener a mi parecer, algo más, ¿pero quién discute eso con una mujer? Vivía con una hija viuda y dos nietos en un barrio bastante bueno del cabo llamado Camp Fort. ¿Y cuanto tiempo lleva usted viviendo aquí? Le pregunté, --Su respuesta me sorprendió muchísimo, pues me indicó que sus abuelos fueron los primeros que habían llegado. Que habían salido de Puerto Rico hacía mucho tiempo, según había oído de su padre, huyendo de algo o de alguien; que en realidad no podía decirme más de eso porque en su casa, apenas se hablaba de ese asunto, y a ella no le hacía ninguna diferencia que asía fuera.
Ese día, entre más hablaba con la vieja, más sentía algo extraño dentro de mís tripas que se agitaban y me intranquilizaban. “Grand-pere était espagnol et mais-grand-mere était de Puerto Rico”. –Mi abuelo era español; y mi abuela era de Puerto Rico—me dijo con una cierta tristeza.—que bien Monique; y dígame una cosa: ¿usted nunca ha estado en Puerto Rico? Se me quedó mirando sorpresivamente y de inmediato sonriendo me contestó: “J´aurais-aime, mais je suis top vieux pour ca”. Y se echó a reír. Me hubiera gustado pero estoy muy vieja para eso—me dijo. Nunca había visitado nuestra isla pero tenía un conocimiento bastante profundo, sobre todo el Puerto Rico de la época colonial.
Cuando yo era una niñita, abuela me llevaba mucho a su casa del Cabo y me contaba muchos cuentos de niños. Había uno en particular que la hacía reír a carcajadas. Contaba de una princesa que se había escapado de un castillo con su amado en una noche de borrasca y mucha lluvia. Los guardias del palacio y del pueblo los buscaron pero ellos, que se querían mucho, juraron que nunca los encontrarían. Así que esa misma noche, se habían metido en unos sacos que se estaban cargando en un gran velero y así se llegaron a un país extraño donde vivieron muy felices.
Pero abuela—le pregunte una vez, “¿parce que la princesse a dû fuir du château? – siempre decía lo mismo y siempre se reía a carcajadas y me contestaba: “quand une personne veut beaucoup, que cela a á faire pour l´être aimé”. Mal traducido quiere decir: ¿abuela, porque la princesa hubo de escapar del castillo? Y ella siempre me contestaba riéndose: “porque cuando uno ama a alguien, hace lo que tenga que hacer por el ser querido”.
Hice una gran amistad con Monique a quien echo de menos ahora que mi vida me ha traído de vuelta a mi isla. De hecho, volví luego, varias veces más a Cabo Haitiano. Un amigo de Dajabón tenía una avioneta Cessna 172(10) y como en aquel entonces era aviador aficionado, se la alquilaba o íbamos los dos a Cabo Haitiano a visitarla. Sobre todo cuando la mar estaba muy mal porque por tierra fui una sola vez y juré solemnemente jamás hacerlo otra vez.
Fue en uno de esos viajes que aconteció. Estábamos sentados en la enramada afuera de su casa, que es como una glorieta techada magistralmente con pencas de palma canas. Le había preguntado: ¿Monique, usted conoce la leyenda puertorriqueña de la Garita del Diablo? Se me quedó mirando totalmente sorprendida y me contestó con un rotundo: Non, Monsieur, je ne sais pas cette légende. Perdone – le dije—no hay nada por que pedir perdón—me dijo--pero yo no conozco nada de eso, continuó.
Había mucho en su negativa; me pareció que se había más que molestado, inquietado. No entendía porqué, después de tantos años, Monique habría de inquietarse por algo que ya no podría afectarla en forma alguna. Y si sus abuelos fueron aquellos dos que se esfumaron de la Garita del Diablo, ciertamente no habían cometido delito que pudiera serle imputado y menos luego de casi siglo y medio después. De todos modos me pareció que no debía de urdir más en el asunto; por lo que cambié el tema y me puse a hablar de otras cosas. Pero estaba seguro que en efecto eran sus abuelos los “esfumados”. El período en que llegaron a Cabo Haitiano, él un español, ella una puertorriqueña, no dejaba dudas; eran muchas las coincidencias. Solo quedaba en mi mente como misterio mayor el sobresalto de la anciana.
Otro día que tomábamos el café en su hermosa enramada, por casualidad fui a asegurar la soga de la hamaca amarrada a uno de los postes cuando noté como una especie de inscripción a lo largo del mismo. Fijándome bien me percaté que aquel poste que sostenía la enramada era una botavara de una embarcación de vela. Monique –le dije: ¿usted no se ha dado cuenta que este poste es un aparejo de un velero? Se paró de donde estaba sentada y vino hasta el poste y se puso a mirarlo con detenimiento. No sé, fue mom pere el que construyo esta enramada—me dijo. Mientras tanto, yo seguía estudiando el bruñido cáñamo. “Nuestra Señora de la Merced”; decía la inscripción en caracteres muy antiguos, que más parecían quemados que esculpidos en la madera. Y qué es eso—me preguntó. No le pude contestar pero le prometí que indagaría sobre eso tan pronto tuviera la oportunidad.
Cuando por fin regresé a Manzanillo, llamé a un amigo en San Juan quien era arqueólogo marino y le conté de la inscripción en el poste aquel. Humm…me dijo: ¿Nuestra Señora de la Merced.. hee? Muy interesante; déjame hacer una pequeña investigación y luego te llamo.
Pasaron varios meses desde entonces, estaba tan ocupado en la fábrica, con todo lo de la cosecha y procesamiento en la planta que me había olvidado por completo de todo aquello, incluyendo a Monique. Una noche como tres o cuatro meses después, sonó el teléfono; era mi amigo. Te vas a sorprender con lo que tengo que decirte—me dijo.
Me decidí tirarme de nuevo para Cabo Haitiano y decirle a MOnique todo aquello que me dijo mi amigo. El tiempo era descabellado; ni por tierra, ni por mar podía viajar, y el Cessna estaba en reparaciones en Santiago de los Caballeros. Pasé tres semanas desesperado por partir para el Cabo. Pero resultó que el Consul Haitiano en Dajabón quien era mi conocido, me invitó para pasar un fin de semana en Fort Liberté. Oye Ambrose, tú no me podrías mandar en uno de esas “Todo Caminos” que traen el correo desde el Cabo? – le pregunté casi irreflexivamente. Pero mon amie para que quieres ir al Cabo? Es que tengo un compromiso con alguien allí—le contesté.
Ese mismo sábado, iba de camino dando saltos por aquellos lodazales. La Jipetta como ellos le dicen en Dominicana a estos vehículos, iba ladeando en manos expertas del chofer que obviamente sabía como navegar, más que discurrir por aquellos caminos. No hablaba nada de español lo que me permitió reflexionar sobre problemas que tenía en la fábrica y naturalmente sobre el asunto que me comunico mi amigo. Ya entrada la noche llegamos a Cabo Haitiano por lo que quise que me llevara a una de las posadas, Al otro día, iría a ver a Monique.
Le mandé razón bien temprana en la mañana y no había terminado el desayudo cuando un señor que hablaba algo de español, preguntó por mi a la puerta de la posada. Me lo mandaba Monique para llevarme en su carrito hasta su casa.
Llegué y enseguida nos fuimos para la enramada. Bueno: ¿Dites moi quelles sont les nouvelles que j’apporte? Dime cuales son las noticias que me traes.
Monique, hace unos ciento y pico de años, un bergantín español de cuatro mástiles (11), de regreso a España luego de recoger carga muy valiosa en Méjico, hizo escala en San Juan. Se dice que venía cargado hasta la borda de oro, plata, esmeraldas, etc. Venía dicha embarcación destinada para la Corona española, pero como era costumbre, unos influyentes comerciantes peninsulares, también aunque ilegalmente, habían introducido otro valiosísimo cargamento en dinero acuñado en oro que ascendía según rumores en varios millones de pesos. Esto era conocido solamente por las autoridades españolas en Puerto Rico. Tan pronto llegó al caladero de San Juan, le apostaron una guardia fuertemente armada, también es de presumir que ellos lo averiguaron. Mucha de esta carga venía sin ser declarada en los manifiestos de la embarcación para burlar aduanas y porque de primera intención no tenía porque haber sido embarcada en un bergantín de guerra en viaje oficial.
Ese bergantín partió de San Juan, precisamente para los días en que según la leyenda de la Garita del Diablo, los dos jóvenes desaparecieron. La embarcación, nunca llegó a España. Presumiblemente, naufragando en el pasaje del Atlántico. El bergantín se llamaba: “Nuestra Señora de La Merced”.
Monique, no dijo nada…tampoco se mostró asombrada; sencillamente me dice: Il n’y a rien comme les motangnes de café en Haiti, á droite. Parece que Toussant tenía algún interés en este café como en tantas otras cosas, cuando llegaron mis abuelos.
You are viewing the text version of this site.
To view the full version please install the Adobe Flash Player and ensure your web browser has JavaScript enabled.
Need help? check the requirements page.