“Bueno ser de los seguidores de Cristo” --dirá usted de inmediato; y es cierto en cierta medida; pero hay mucho más detrás de este vocablo. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad". Mateo 7, 21-27.
Duro.. ¿no es cierto? Sin embargo, hace todo el sentido del Mundo. Porque cuando se confiesa un credo; cuando se acepta una determinada filosofía de vida, es imprescindible entender y comprender su misma esencia. Es necesario profundizar, y en efecto practicarla de modo que su objetivo sea cumplido. Por ende, no basta suscribir y aceptar esa filosofía; si no se pone en práctica, no significa nada.
Entonces, ¿porqué el Señor, hace esta manifestación? Si nos fijamos, la misma tiene tres elementos fundamentales: a) La cuestión de proclamar, aceptar algo; manifestarlo en diferentes formas, inclusive, tal vez de buena fe; b) Poner en práctica lo que se predica, y C) hacerlo de acuerdo al fundamento y objetivo de esa filosofía.
Los antiguos romanos, que no eran cristianos, tenían un dicho muy a propósito que ilustra la cuestión. Ellos decían: facta non verba; o: “dame hechos y no palabras”.
De esta manera, tenemos que definir y entender que es “honrar en espíritu”
Sobre el primer aspecto, no hace falta mayores soliloquios. Muchos están y han estado en extremo avezados y experimentados en esas cosas, y no hace falta aquí que añadamos un meñique. Son los últimos dos elementos, los que requieren honda reflexión, de tal manera, que al entenderlos, nos podamos llamar Cristianos.
¿Qué es lo que Nuestro Señor Jesucristo nos trató de comunicar entonces? ¿Qué es en realidad eso de: “Hacer la voluntad de mi padre”? Para poder entenderlo, tenemos que recurrir a otras parábolas y enseñanzas del Señor, y de paso, veremos, adicionalmente, que no es ser Cristiano.
De entrada diremos que detrás de esta “amonestación” de Jesús, se encuentra como veremos, un principio muy básico y que Él recalcó en varias maneras. Es el siguiente: Nosotros los seres humanos, tendemos a ritualizar, enfatizando lo asesorio, el instrumento, lo superficial, la forma, y soslayamos lo fundamental, lo esencial. Nos envolvemos en una mística mecánica, donde gana una importancia inmensa todo aquello que no es en realidad el propósito del menaje de Cristo, el mensaje de Dios.
En aquello que ocurrió en los tiempos de Jesús, con la samaritana (Juan 4, 5-42), empezamos a vislumbrar las contestaciones a lo que estamos buscando. Llegó el Señor a los altos de Samaria, al norte de Jerusalén, a una hora más o menos al medio día. Sabiendo de un pozo por allí cerca, y mientras sus amigos y seguidores iban a buscar provisiones, se sentó al borde del mismo. No tardó en llegar a buscar agua también, una mujer de la región, a la que Jesús, le pidió agua. Entonces, se suscita un dialogo muy relatador. Un hombre, en los tiempos aquellos, nunca le hablaba a una mujer a menos que fuera de su casa, familia o muy conocida. Cosa que subsiste hasta el día de hoy en los países árabes o musulmanes. Pero la cuestión era aún más compleja ya que los judíos, y los samaritanos no se hablaban. Era cosa que venía desde muy antaño, por ser estos últimos, una raza y cultura muy distinta a los judíos; aunque también ellos, esperaban el Mesías.
Jesús le pide agua y ella, extrañada que un hombre le hable sin conocerla, y sobre todo judío, en forma sarcástica, le reprende. En el dialogo que sobreviene, ella le pregunta, entre otras cosas, que como es posible que le pida agua a una mujer y añade un viejo dilema entre ellos: le dice: ustedes los judíos oran allá en el templo de Jerusalén pero nosotros, oramos aquí en estos montes donde nuestros padres desde antaño lo vienen haciendo. . Jesús le responde entonces: Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad
Los samaritanos adoraban a Dios, pero no conforme a las directrices del Antiguo Testamento o Tanaj, el código de leyes divinas que estaba en vigor cuando Cristo habló con la mujer samaritana. Por lo tanto, el Señor le dice: “Vosotros adoráis lo que no sabéis”. Adoraban al Dios verdadero, pero adoraban mal; adoraban en vano. No figuraban entre los “verdaderos adoradores” . Bien decía el Señor: “el que no recoge conmigo desparrama”. Mateo 12:30.
Por otro lado, los escribas y los fariseos judíos del tiempo de Cristo adoraban al único Dios verdadero, pero tampoco figuraban entre los “verdaderos adoradores” de Dios. Tampoco, porque el Señor los reprendió diciendo: “ En vano me honran , enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición” (Mateo 15:1-9 ).
¿Pero que es hacer la voluntad de Dios? ¿Existe acaso algo en los evangelios que nos lo diga taxativamente? ¿Aparte de la Ley de Moisés y sus diez mandamientos, que añade Jesucristo? O acaso, para saber como hacer la voluntad de Dios, estos son la única guía?
La respuesta es categóricamente un “sí”. Esto lo encontramos cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?". Jesús le contesta: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas". (Mt 22, 34-40),
Es decir, que no hay ley más grande, o dicho por profetas, que esto. Por lo tanto, “esta es la voluntad de Dios”. De hecho, ellos los judíos, no tenían escusa porque este mandamiento se encontraba ya desde entonces, en el tercer libro de Moisés, en Levítico 19:18: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Nuestro Señor consideró ser éste, el segundo más grande mandamiento en la ley (Mateo 22:36-40). Guardar este mandamiento era cumplir todos los mandamientos referentes al hombre del decálogo. Ciertamente, si un hombre realmente ama a su prójimo como a sí mismo, nunca lo mataría, no abusaría de su mujer, no le robaría, no le mentiría o codiciaría lo que le pertenece. Es también un mandamiento muy exigente, porque penetra al centro mismo del egoísmo humano. Demasiadas veces nos amamos mucho más a nosotros mismos de lo que amamos a nuestro prójimo y ponemos nuestros intereses por sobre los del otro. Tan aplicable entonces como hoy, cuando vemos aparecer otra vez, esos viejos hábitos ritualistas, y la vieja perfidia del egoísmo en el hombre. Todavía hoy buscamos salirnos de esta bella regla escondiéndonos en un marullo de prácticas de formas, de mandamientos vanos y banales que abonan al hombre pero no a su espíritu y menos complacen a Dios. Cargas pesadas, engañosas, que desenfocan e impiden ver el verdadero sentido del mensaje de Cristo.
El Señor Jesús, reafirmó bellamente el antiguo mandamiento en Mateo 7:12—“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así haced también vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas”. Si bien ésta ha sido llamada la Regla de ORO, nunca olvidemos que es una regla ANTIGUA, tan antigua como los 10 Mandamientos, tan antigua como Levítico 19:18. Esa regla ha estado en efecto desde el monte Sinaí hasta el monte Calvario, y en ese momento fue reemplazada por una NUEVA regla. En la víspera de Su muerte en la cruz, el Señor Jesús tomó el antiguo mandamiento y lo hizo enteramente nuevo. Considere: Juan 13:34: “Un nuevo mandamiento os doy: que os améis unos a otros, como yo os he amado”.
Esto es hacer la VOLUNTAD DE MI PADRE Y ADORARLO EN ESPIRITU. Esto es ser Cristiano.
Esperamos no haber dado la impresión de que condenamos toda práctica ritual, todo formalismo o la institucionalidad de la religión. Lejos de eso; de hecho, ha sido precisamente, a nuestro entender, la Iglesia como institución y su tradición ritual la que ha preservado para nosotros las mismas enseñanzas que sostenemos aquí. No es ese el caso, meramente nos hacemos eco de enseñanzas expuestas por Nuestro Señor al respecto. Porque mientras se tenga presente y se este enfocado en la sustancia y no en lo meramente formal, estaremos bien. Si el “Mal”, como posiblemente es el caso, tuviera una estrategia al respecto, con toda probabilidad sería eso: “que nos enfoquemos en la forma, en el ritual, lo mecánico, lo banal y superficial y nos olvidemos de lo esencial. Y me temo que lo ha logrado en gran medida entre nosotros.
Nuestro Señor no criticaba el ritual per se, de hecho, en muchas ocasiones, Él mismo lo practicó. Mat 5:17 No penséis que he venido para abrogar la ley/Torah o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Mat 5:18 Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. Mat 5:19 De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.
Lo que el Señor criticó y lo hizo con vehemencia, fue otra cosa. La Ley era buena, pero no era buena la forma en que se aplicaba, Se falseaba con el pasar de los siglos, la finalidad de la misma; el espíritu de la misma. Su finalidad, su objetivo basado en la máxima de ORO, de “amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”, se fue sustituyendo como hoy inclusive, por otras cosas, no malas en sí, pero que no son lo perseguido por Nuestro Señor, ni son sus enseñanzas.
Los fariseos se juntaron en torno a Jesús, y con ellos había algunos maestros de la Ley llegados de Jerusalén. Esta gente se fijó en que algunos de los discípulos de Jesús tomaban su comida con manos impuras, es decir, sin habérselas lavado antes. Porque los fariseos, al igual que el resto de los judíos, están aferrados a la tradición de sus mayores, y no comen nunca sin haberse lavado cuidadosamente las manos. Tampoco comen nada al volver del mercado sin antes cumplir con estas purificaciones. Y son muchas las tradiciones que deben observar, como la purificación de vasos, jarras y bandejas. Purificarse el cuerpo, esta bien, o sea lavarse, higienizarse, también esta bien lavar jarras, vasos y bandejas, pero estas cosas no cambian a las personas, nadie es mas bueno por bañarse todos los días ni con agua bendita. Por eso los fariseos y maestros de la Ley le preguntaron: « ¿Por qué tus discípulos no respetan la tradición de los ancianos, sino que comen con manos impuras?» Jesús les contestó: «¡Qué bien salvan ustedes las apariencias! Con justa razón profetizó de ustedes Isaías cuando escribía: <<Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me rinden de nada sirve; las doctrinas que enseñan no son más que mandatos de hombres>>. Ustedes descuidan el mandamiento de Dios por aferrarse a tradiciones de hombres. Y Jesús añadió: «Ustedes dejan tranquilamente a un lado el mandato de Dios para imponer su propia tradición. Así, por ejemplo, Moisés dijo: Cumple tus deberes con tu padre y con tu madre, y también: El que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte. En cambio, según ustedes, alguien puede decir a su padre o a su madre: «Lo que podías esperar de mí es "consagrado", ya lo tengo reservado para el Templo.» Y ustedes ya no dejan que esa persona ayude a sus padres. De este modo anulan la Palabra de Dios con una tradición que se transmiten, pero que es de ustedes. Y ustedes hacen además otras muchas cosas parecidas a éstas.». Pobres de ustedes, fariseos! Ustedes dan para el Templo la décima parte de todo, sin olvidar la menta, la ruda y las otras hierbas, pero descuidan la justicia y el amor a Dios. Esto es lo que tienen que practicar, sin dejar de hacer lo otro." (Lc 11,43; ver también Lc 16, 14-15).
Conozco a dos santos y piadosos sacerdotes, de eso que tanta falta nos hacen. Criticados han sido aún por sus propios hermanos de Fe; solo por apartarse tal vez un tanto, no importante, del ritual en la vestimenta, en el carisma de su manifestación del espíritu de Dios. Se le critica y hasta se le ha impedido asistir a servicios de otras iglesias, por estar vestido distinto a lo que se acostumbra en dicho lugar. Y hasta se ha llegado a los extremos de impedir su entrada a una misa por estar esta dedicada a una “cofradía” de esas que están de moda. Se les impide confesar por no tener en ese momento, una de las prendas usadas en el ritual de confesión. No queremos pecar de falta de fraternal caridad en denunciarlo, pero esto no es ser Cristiano.
Tampoco lo es cuando miramos por encima del hombro a otros que no piensan lo mismos que nosotros en cuestiones de fe; cuando nos creemos que somos los únicos dentro de la iglesias y sus instituciones, en poder impartir a través de estas cofradías o movimientos, los conceptos cristianos. Cuando nos adueñamos consciente o inconscientemente del acceso al párroco o ministro, y lo rodeamos de un círculo humano impenetrable. Cuando fallamos en responder al reclamo de espacio y de tiempo por otros hermanos de la congregación; sobre todo cuando se nos ha facultado para hacerlo. Cuando nos organizamos para excluir, para dejar a fuera a otros distintos a nosotros. Cuando continuamente obramos, aunque dudosamente, supuestamente motivados por el espíritu de Dios para apartar para ritualizar.. Cuando nos creemos mejores, más santos, más preparados, que el hermano a tú lado. Cuando murmuramos contra otros, nuestros ministros y sacerdotes aunque tengamos razón. Cuando nos apartamos de otros por ser Evangélicos, Pentecostales, Bautistas, Católicos. Por no pertenecer a nuestro grupo o nuestra cofradía. Cuando no nos gusta adorar al lado de gente de otra condición social o económica. Cuando nos apestan los pobres y les negamos limosna. Cuando creemos que ir a una misa, a un servicio religioso es todo y nos olvidamos de caridad como prenda mayor. Cuando salimos de una misa o servicio pero nos olvidamos y somos impávidos al dolor, la necesidad ajena del inmigrante, del tecato, del enfermo, del hambriento del que te necesita. No queremos pecar de falta de fraternal caridad en denunciarlo, pero esto no es ser cristiano.
Tampoco lo es hermano si te quedas encerrado en las cuatro paredes de tu templo, de grupo religioso, de tú casa, ensimismado, y te olvidas que tienes que dar fruto. Que tienes que producir para tú Dios; que tienes que salir afuera, donde se encuentra ese “Cristo Necesitado y vapuleado”. No queremos pecar de falta de fraternal caridad en denunciarlo, pero esto no es ser cristiano. Tampoco es Adorara a Dios en espíritu y verdad.
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