n la vida de los hombres siempre existen unos --como especies de --“marcadores”, episodios o situaciones, que nos marcan, nos adelantan o atrasan espiritual y/o hasta socialmente. Todo lo que hacemos desde entonces es influenciado, y hasta determinado, por estos “marcadores” o eventos. Pero hay veces, que esto, toma la forma de una persona: para bien o para mal.
Hace apenas unos cinco años, me encontraba en una honda y profunda desilusión con la vida. De seguro, que muchos que lean esto, podrán identificarse con ello plenamente. Entonces, ya había pasado por una serie de descalabros económicos, domésticos y finalmente, espirituales. Luego de tanta desdicha, de tantos problemas, me había convertido en un ser renuente a buscar la ayuda de Dios, a quien creía me castigaba severamente. Sobre todo, creía con bastante certeza, que aquello que apenas aprendí cuando niño, de Dios, de su Cristo, de su iglesia, eran asuntos banales sin aplicación a la vida cotidiana. Que se trataba de unas costumbres, de rasgos culturales que no pasaban a tener una aplicación y menos resultados en la vida de una persona.
Me alejé, como es natural, entonces de todo lo que era Iglesia estructurada y a poco, había tejido toda una espuria telaraña de sofismos pseudo religiosos, que apenas un paliativo, me dejaban incompleto y sobre todo, vacio.
Mi hija Bettina viendo por lo que estaba pasando, un día, me habló de este hombre; un joven sacerdote que había cambiado su vida. Más por curiosidad que por otra cosa, accedí a concurrir a una de sus misas. ¡Cuán fue mi sorpresa! En efecto, se trataba de un joven sacerdote, colombiano y de estatura mediana. Se bajó del Altar y comenzó aquel domingo, a caminar entre los feligreses. A a medida que lo hacía, un silencio grande se hizo entre todos. Su prédica era distinta; más parecía a un pastor evangélico que un cura católico. Hablaba pausado, como midiendo cada una de sus palabras, estructuraba su pensamiento. No había alarde o tonalidades retoricas; su mensaje era sencillo, profundo, emotivo de una sencillez que filosamente calaba hasta lo más profundo del alma. Pasaba el tiempo y no terminaba su sermón, más de una hora de aquella filigrana cristiana que hermanaba. Perdonaba, alimentaba la esperanza y el deseo de seguir oyéndolo.
Al terminar, se devolvió al Altar, siguió la Misa, la comunión y según entró, así salió. No quiso o hubo luego encuentro con los feligreses en la puerta, pero desde ese día en adelante, Yassid Ricardo Castellanos, me llevó a mí, un hombre de edad y versado en la vida, por una ruta bella de acercamiento a un Cristo que trascendía el ritual, el catolicismo, un Cristo del Mundo, de todos, aún los que no le conocen, a un Cristo no circunstancial, un Cristo para todos los días y no para solo los domingos. A un Cristo de perdón de abrazo fuerte y cálido, un Cristo amigo y no un juez severo, un Cristo de compromiso y de solidaridad humana—“no vengas a la misa si durante la semana no ayudaste a quien lo necesitaba”—“es el cristianismo mucho que más que venir a la Iglesia”. Así nos dijo una vez.
El padre Yassid Ricardo Castellanos no es un cura de esos que se quieren congraciar con todo el mundo; es reservado, callado, casi un poco taciturno, diría yo. Tal vez hasta haya algunos que lo puedan criticar por incomprensión de su personalidad. Pero una cosa es general: todos, pero todos, han sido tocados profundamente por él. El fruto que ha dejado de la semilla plantada es copioso y seguirá siéndolo, con el estilo--como él dice—de su Cristianismo y de su acrisolado catolicismo, uno Carismático, regado y profundamente afianzado en el Espíritu Santo.
El Padre Yassid Ricardo Castellanos, tiene una nueva página Web: haciendocamino.com puede verlo allí y dejar que toque tú corazón como lo hizo con el mío. Pulse abajo para entrar en ella y oir algunas de sus predicas o vaya directamente a su web-page.
Gracias padre Ricardo….
Rafín R. Mena
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